domingo, 8 de julio de 2012

Tonolec.

A mi madre, que nació y creció en Comandante Fontana, Formosa, y por cuyo origen tengo el enorme placer de conocer aquellas tierras desconocidas por turistas, y no tan desconocidas para las empresas que depredan sus especies y asesinan a su pueblo prolongando una conquista que, más allá del silencio de los medios de comunicación, y de todo "gobierno", continúa entre las sombras.
 
Gracias a Caromelie Sol por esta y las demás fotos, gentilmente compartidas.

Lec, es la desinencia diminutiva en la lengua Q'om. El nombre de la banda podría entonces entenderse como "tonito". Pero detrás de todo hay una leyenda, y también detrás de ese nombre. El tonolec, explicó Diego, es un pájaro de rapiña, como el Caburé, pero más chiquito. Le fue dado el poder de atraer a las presas con su hermoso canto. En algún momento comenzó a abusar de ese poder, así que se decidió hacer correr el rumor de que sus plumas traen suerte. Y los cazadores empezaron a desplumarlos.

Me viene a la mente esa definición platónica del hombre como "bípedo implume", ante la cual Diógenes peló una gallina viva y la mostró diciendo que eso, según los platónicos, vendría a ser un hombre.

Pareciera que algo en los humanos nos hermana a ese pájaro cantor, a ese pájaro que conoció la abundancia, la superstición, y el dolor. La vida con todo lo que trae. Somos cazadores, y nuestra presa es la vida. Nuestro arma es el arte, nuestras obras. Hechas con el alma en la sangre, hechas con el barro en las manos. Y su expresión es tan variada como almas somos en la tierra.

Infinitas sincronías me llevaron a presenciar al grupo, en su formato de trío electrónico, anoche en la Sala Lavardén. Desde que los conocí por su tema "En busca del sol" creí que eran de una tierra mucho más distante (México o Venezuela, y me pregunto por esa dificultad para reconocer la belleza entre nosotros), y probablemente mucho más misteriosa. Y ayer descubrí que estaba en lo cierto.  Porque el origen físico de este grupo es la ciudad de Resistencia, en Chaco. Y el origen de su sangre, es el alma de los pueblos originarios.

Charo Bogarín es formoseña, nacida en la ciudad de Clorinda. Y se encontró hace unos años con Diego Pérez, chaqueño de Resistencia, con quien decidieron fusionar los cantos ancestrales y la música electrónica. Una forma de integrar, eso que tanta falta hace, una forma de crear en conjunto, en vez de sobreponerse y matar, una forma de escucharnos y compartirnos. Todo en esta tierra está para enriquecernos. Y cada cosa que desaparece de su faz es un regalo que nos perdemos.


Y Tonolec es un regalo. Una escenografía simple que evoca en tonos ocres el calor del fuego, ese abuelo que tanto nos ha dado. Una percusión cargada de tierra y el aire de los sintetizadores. Y el agua en la imponente cantante que, como un tero de plumas rojas, nos distrae de sus piernas con su voz, que enmudece todo lo demás. Y vibra en esa voz los tonos ancestrales. Cantos que nos sintonizan con las memorias de américa, cantos al servicio de la vida. Lamento, Celebración, una cura, una limpia. Una sanación con sonido.

En su formato trío, con Lucas Helguero (integrante de la bomba de tiempo) encargado de la tierra, son realmente disfrutables; pero contaron que en Buenos Aires se presentan como octeto acústico cada quince días (si alguien sabe bien dónde y en qué fechas, me avisa). Realmente dan ganas de llegarse hasta la capital para ver eso.

La lista de temas demuestra su conexión, su reversión de muchos que al servicio de la música (muchos en su disco "Los pasos labrados") han dado al viento sus verdades. "Zamba para olvidar", de Daniel Toro, el "Cosechero" de Ramón Ayala y la fantástica versión en lengua Q'om de "Cinco siglos igual", homenaje en vida a León Gieco. Y en plan de abrir la música a los pueblos, su canción para niños ("porque la música a veces es cosa de grandes") So Caayölec, "El caballito". Y algunos de sus clásicos: "Antiguos dueños de las flechas", "Corazoncito" y "Canción de cuna". Y un momento de ovación de pie con la dedicatoria de "Llora tus penas" a todas las mujeres de la sala.

Cuando uno tuvo la suerte de recorrer esas tierras casi vírgenes (para el progreso europeo), entiende el respeto que inspiran. Las serpientes paseándose tranquilamente por las ramas, alejadas del quemante suelo recalentado con el sol blanquísimo de la siesta. El silencio del monte que esconde animales impensados e impensables. Los yacarés, con todo su poder al servicio de tomar sol a un costado del río. Y el yaguareté que se adivina con esa forma infantil del respeto que es el miedo. Las espinas de sus plantas que han entendido que para vivir hay que saber poner límites. Y también saber dejar espacios en los que reconocer nuestra vulnerabilidad.

Y, como el algodón, abrirnos a la belleza.

Gracias Tonolec.

http://www.myspace.com/tonolec

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