"Idiota perdido, aquel
que no se reconoce en un odio insensato."
~ Miguel Abuelo.
Me considero un actor. Casi como vos, el personaje principal que represento, soy yo mismo ("si no sos vos, quién..."). Además, nobleza obliga al docente (oficio que, por supuesto, también implica el ejercicio de la actuación); a una articulación entre la práctica (madre de verdades), y la teoría (digestión, padre, límite).
Luego de estas consideraciones, la gran pregunta que origina toda reflexión: "¿Qué hice?" (Si no es esto, qué...). ¿De qué se trató esa intervención en asamblea? ¿Quién era ese personaje leonino, violento, atrevido; primero poeta, luego guerrero; primero ciudadano, luego agorero..? La respuesta sencilla y más honesta: No lo sé. Sé, sí, que ciertas energías presentes, que urdieron la trama de su composición, me alejaron del guión original (estrategia), derivando en una práctica improvisada que se cargó de un cierto devenir fascista, que se tornó necesaria una vez en la batalla (táctica). Puedo hacerme responsable de dar lugar en mi cuerpo a tales espíritus; ya no así de lo que mi personaje (ese que vieron) necesitó hacer una vez expuesto, para correrse de ahí (si no era entonces, cuándo...).
Esto se alejará tanto como sea posible de una disculpa: Me hago cargo de mis actos y mis dichos; especialmente, por no haber enunciado claramente el pacto de la ficción, patrona del teatro. Mala mía. Tal vez el vestuario y la manera ampulosa y sobreactuada quedaron cortas para su declaración (siempre es más fácil creer que estamos ante la locura -exuberante y llamativa- que ante el arte, su hermana menor). Pero, de todos modos, cualquier persona ofendida elija su frase favorita del catálogo de Diego Armando Maradona y apúntela hacia su persona. Cualquiera, por ejemplo: "¡Que la chupen!" O: "El guardapolvos no se mancha."
Y así como la pelota busca al jugador y a veces se la dan al pelotudo; los demonios buscan a las personas que actúan, apenas para expresarse. Viven en las sombras y alteran el alma humana, hasta que les damos lugar. En un escenario bélico, como es una asamblea, cada quien muestra su mejor guerrero. Y si, en dicha muestra, se puede tener errores; hay sólo uno que puede ser considerado el más terrible y hermoso: Se da cada vez que se elije si terminar con un ají putaparió o con una mariposa. Tal vez conocen la anécdota: Un maestro poeta contempla la obra de su estudiante de haiku, que lee orgullosamente algo así:
arranqué sus alitas:
me quedó este ají.
Ve, mariposa.
¿Es el mundo otra cosa que una sala de juegos? ¿Es la vida diferente de una propuesta teatral sumamente elaborada? ¿Es necesario tomarnos tan seriamente?
Suenan las campanas.
