martes, 4 de octubre de 2022

Liminal departamental docente.

 "Idiota perdido, aquel

que no se reconoce en un odio insensato."

~ Miguel Abuelo.


Me considero un actor. Casi como vos, el personaje principal que represento, soy yo mismo ("si no sos vos, quién..."). Además, nobleza obliga al docente (oficio que, por supuesto, también implica el ejercicio de la actuación); a una articulación entre la práctica (madre de verdades), y la teoría (digestión, padre, límite).

Luego de estas consideraciones, la gran pregunta que origina toda reflexión: "¿Qué hice?" (Si no es esto, qué...). ¿De qué se trató esa intervención en asamblea? ¿Quién era ese personaje leonino, violento, atrevido; primero poeta, luego guerrero; primero ciudadano, luego agorero..? La respuesta sencilla y más honesta: No lo sé. Sé, sí, que ciertas energías presentes, que urdieron la trama de su composición, me alejaron del guión original (estrategia), derivando en una práctica improvisada que se cargó de un cierto devenir fascista, que se tornó necesaria una vez en la batalla (táctica). Puedo hacerme responsable de dar lugar en mi cuerpo a tales espíritus; ya no así de lo que mi  personaje (ese que vieron) necesitó hacer una vez expuesto, para correrse de ahí (si no era entonces, cuándo...).

Esto se alejará tanto como sea posible de una disculpa: Me hago cargo de mis actos y mis dichos; especialmente, por no haber enunciado claramente el pacto de la ficción, patrona del teatro. Mala mía. Tal vez el vestuario y la manera ampulosa y sobreactuada quedaron cortas para su declaración (siempre es más fácil creer que estamos ante la locura -exuberante y llamativa- que ante el arte, su hermana menor). Pero, de todos modos, cualquier persona ofendida elija su frase favorita del catálogo de Diego Armando Maradona y apúntela hacia su persona. Cualquiera, por ejemplo: "¡Que la chupen!" O: "El guardapolvos no se mancha."

Y así como la pelota busca al jugador y a veces se la dan al pelotudo; los demonios buscan a las personas que actúan, apenas para expresarse. Viven en las sombras y alteran el alma humana, hasta que les damos lugar. En un escenario bélico, como es una asamblea, cada quien muestra su mejor guerrero. Y si, en dicha muestra, se puede tener errores; hay sólo uno que puede ser considerado el más terrible y hermoso: Se da cada vez que se elije si terminar con un ají putaparió o con una mariposa. Tal vez conocen la anécdota: Un maestro poeta contempla la obra de su estudiante de haiku, que lee orgullosamente algo así:

La mariposa,
arranqué sus alitas:
me quedó este ají.

El maestro, levemente indignado con la expresión satisfecha de la criatura ante sus ojos, toma la palabra; y pregunta: ¿Qué tal si probamos algo así?

Tomo ya tu ají,
le agrego dos alitas:
Ve, mariposa.

La mayoría de las veces somos quien aprende del maestro. Mas sabemos, también, que fue la práctica eso que le dio un título ante los demás (no así unos años pasados en un edificio antiguo, perdiendo la vista entre libros viejos para ganar conocimiento). Y a veces es difícil saber de qué lado estamos. Pero cuando uno cuenta con un equipo de producción, puede resultar difícil atenerse al guión una vez expuesto a las tentaciones humanas (tales como el escenario y el público). Y cuando el guionista (a quien, por preferencias de anonimato, nos referiremos mediante su seudónimo Patriciosaurus Rex), cuando ese guionista hizo un esfuerzo para sacarse una mariposa de la galera; hay que ser impecable para no arrancarle las alitas en un sólo acto.

¿Para qué hablar del después, de los corazones rotos? ¿Para qué referirnos al torpe darse cuenta que lo que nos quedó entre las manos nos es más que el cadáver de una mariposa, difícil de usar para aliñar la ensalada? ¿Algo que decir del llanto incontenible, de esa pregunta colgada de la puerta de salida de la inocencia: ¿Por qué yo?? ¿Hablar del descubrimiento de las traiciones? ¿De la caída de los ángeles a los infiernos? Elijo devolverles las alas: Hablo de las amistades que acompañan. De la sonrisa fraternal. Del perdón.

¿Es el mundo otra cosa que una sala de juegos? ¿Es la vida diferente de una propuesta teatral sumamente elaborada? ¿Es necesario tomarnos tan seriamente?

Suenan las campanas.

Recreo.







jueves, 25 de agosto de 2022

Les desnudes.

“Veo, veo; las palabras nunca son
lo mejor para estar desnudos.”

- Luis Alberto Spinetta.


Un viernes a la noche presencié, en el Espacio Bravo de Pichincha, una manifestación de cariño y cuidado hacia el interior de una grupalidad. En un espacio escénico que se presentaba de la mejor manera posible: como espacio onírico realizado; destinado al desvelamiento. Puesto al servicio, en este caso, de naturalizar la caída de los velos, literales, de la ropa: plantear la desnudez.

Hacia afuera, la incomodidad de encontrarnos sin las barreras que nos posibilitan la construcción de prejuicios sobre los cuerpos, de relatos sobre las subjetividades, de respuestas a preguntas (¿innecesarias?) que no nos hacemos cotidianamente, que no le hacemos a nadie. Nos vestimos de los prejuicios que queremos sembrar en otras personas, y construimos a esas personas a partir de supuestos que crecen (muchos) de su cubierta. Cuando eso nos falta, quizás, hay algo simbólico de dónde agarrarnos en los tatuajes: en esos dibujos que permanecen entre declaraciones ideológicas y meros adornos… Si no en los tamaños, la calidad de la piel, la cantidad de pelos o de pliegues, los genitales, la forma del movimiento que transluce la energía… ¿Podremos abandonar la necesidad de interpretar?

¿Cómo hablar de eso que vi, de esas energías? Se me ocurrió suponer una carta astral a partir de lo perceptible, de lo que se percibió esa noche, en esa función particular: ¿Se puede decir que fue una obra (una performance) con sol en piscis, luna en acuario y ascendente en escorpio? ¿Se puede hablar de marte en libra, o de venus en cáncer? ¿Es acaso un juego al que jugar a partir de ese otro juego? ¿Saturno en casa 11?

Tal vez cuesta encontrar el lugar desde dónde mirar, desde dónde acercarnos, siendo que, apenas llegamos, recibimos un asiento de voyeur. ¿Cómo salimos de ahí? Una forma, para mí, fue empatizar con el disfrute, con la comodidad, con el juego que se veía que jugaban; cuyas reglas no estaban del todo claras desde afuera. Entregar y soltar pesos. Tomar y dejar ir. Contacto.

Me surgían internamente, y cada tanto resonaban, las palabras: “cuerpos privilegiados”. Cuerpos jóvenes, saludables, de clase media, diría, entrenados para la escena. Cuerpos disponibles, habilitados. ¿Será más fácil la desnudez para esos cuerpos? ¿Cómo se vive su mayor o menor distancia a la hegemonía estética? ¿Cómo sería que todas las personas presentes como público se desvistan y se sumen lentamente? ¿Cómo sería la ruptura de la cuarta pared, la invasión? ¿Cómo sería con cuerpos que ni siquiera están entre el público, cuerpos de afuera de la sala? ¿Cuerpos ancianos, cuerpos enfermos, cuerpos pobres? ¿Cómo sería una pandemia de desnudez socialmente aceptada?

La vestimenta aparece como envoltorio del cuerpo, como una máscara que nos permite proyectar algo que elegimos mostrar en vez de aquello que no podemos evitar, en última instancia.

Es que me surgieron otras preguntas. Primero: ¿Por qué no nos desnudamos para casi nada que no sea bañarse, coger ni atravesar algún tratamiento médico? Y segundo, pero más importante: ¿Por qué no nos desnudamos entre amigues, para pasar el rato? La desnudez es un privilegio que se reserva para el plano de la intimidad. La desnudez se reduce, por descarte, a la sexualidad. La desnudez se percibe como cómica o incómoda. ¿Cómo me siento, entonces, ante una desnudez cómoda e in-cómica? Siendo que nos permitimos, en ocasiones, desnudarnos ante y con personas desconocidas. Aunque sea con alguno de esos fines tradicionales, nos lo permitimos. Aunque resulte incómoda, nos la permitimos…

Y en esto me aparece una respuesta a la resonancia del concepto: “cuerpos privilegiados”. El mayor privilegio es ser cuerpo. Algunas personas dirán “tener” un cuerpo… Pero el cuerpo que habitamos es el cuerpo que somos. El cuerpo a través del cual andamos, percibimos, conocemos, amamos, jugamos, comemos, enfermamos, sanamos… El privilegio del cuerpo es el privilegio de la experiencia y “nadie sabe lo que puede un cuerpo”, como cita a Spinoza cualquier fan de Deleuze. Por eso, ver esos cuerpos, cuerpos en tanto máquinas que se mueven, que se desafían, que se apoyan unas en otras; hace que pase algo, aunque no pase nada. Es como un homenaje al renacimiento greco-romano: Cuerpos (ex)puestos en juego, en tensión, en relajación. Estatuas flexibles, móviles, coloridas, vivas, calientes, húmedas.

Hay, en la desnudez, en la des-porno-erotización, la posibilidad de contemplar esa otra belleza. Y, a su vez, el hallazgo de símbolos irreductibles de lo biológico: El tamaño de los cuerpos. Las diferencias exclusivamente biológicas y evidentes entre cuerpos masculinos y femeninos. Cuerpos casi sin intervenir, excepto con algo de tinta, como dije antes, excepto algún dibujo específico que traduce la presencia de órganos internos que no deberían estar allí. Fuera de eso hay cuerpos de machos y cuerpas de hembras. No existe demasiada participación del género en el sentido social. No existe la posibilidad de saber qué organismos le gustan a qué otros; se dificulta la posibilidad de saber cómo se autopercibe cada cuerpo, cada cuerpa, sin la intervención del lenguaje... todo esto pierde importancia, como si se diluyera (en algún momento me sorprendí de descubrir que el número de cuerpos era impar, y que había más de un sexo que de otro). 

Sin embargo, estos factores juegan en la construcción de cualquier relato posibled: ¿Qué cuerpos protegen a cuáles? ¿Qué sucede con los cuerpos más grandes, con los más chicos? ¿Quién se apoya en quién? ¿Quién defiende a quién? ¿Quién se enfrenta a quién? ¿Quiénes se asocian? ¿Qué pasa cuando se enfrentan? ¿Cómo interactúan "varones" y "mujeres"? Los agrupamientos, las distancias, los dúos, los tríos, los cuartetos… cada sub-agrupamiento parece adquirir nuevas posibilidades de sentido que, sin duda, quedan sujetos a libre interpretación; por lo tanto, a una construcción que, de ser necesaria, queda bajo completa responsabilidad de quien mira el espectáculo. Pero el “show” se permite ocurrir sin que nadie interponga palabras, se permite quedarse más acá de un sutil acompañamiento musical; e, incluso, se permite intercambios de palabras inaudibles, y gestos que parecen darle un lugar importante al “secreto” que nunca será revelado: Entre esas personas, algo se dicen. No sabemos qué.

Así, el evento artístico crece en intimidad, en complicidad interna, en movimientos lúdicos de una diversión que se disuelve en el gesto suicida, inespoileable, del final. Un gesto polémico, que nos puede hacer sentir una traición. Un gesto que, mientras traslada la incomodidad, nos demuestra que lo más naturalizado puede ser lo menos natural.