lunes, 8 de septiembre de 2014

Festival Internacional de Teatro, Rosario, 2014.


Cihuacoatl - Jaime Carbo Marchesini - 2011

"El amor no mira con los ojos, sino con el alma."

"El mundo entero es un teatro."

~William Shakespeare.


Ío probo a volare.

Un musical espléndido. Con un simpleza absoluta y la total presencia de sus personajes (dos de ellos, los músicos, un acordeón y una guitarra, casi escenográficos) se desenvuelve en un tiempo exquisito, con un relato ágil e inteligente, y un español acentuado de italiano que deslumbró.

Me sorprende una vez más la multiplicidad de recursos con las que cuentan los realizadores, porque además uno sabe que está ante una genialidad cuando un recurso simple (como una luz lateral que se prende y se apaga y alguien simulando los dos pares de ruedas de los vagones chocando en la transición entre rieles, y toda la cultura occidental entre cinematográfica y televisiva a cuestas) puede transportar un escenario fijo en un paisaje o un lugar completamente diferente. El escenario se transforma en esa alfombra voladora que, despegada por la luz del resto del mundo, recorre ante la vista y el corazón del público el viaje que se le destina cada noche.

Y trata de volar.

El homenaje a Domenico Modugno se da espectacularmente a través del relato biográfico de un chico de pueblo del sur de Italia que quiere ser actor. Y a través de este relato descubrimos que no existen terceros ni primeros mundos, si no un mundo occidental con el que resonamos en carcajadas. Quiero decir: Existe Italia y los ítalo-argentinos y el humor que nos hace humanos en ese punto esencial donde los extremos se tocan. 

Y entonces uno asiste a lo universal.

La candidez del personaje principal, la complicidad total, el compartir, el entregarse y sacarse ante nosotros la máscara en acotaciones mágicas, los aplausos antes de los remates de los chistes, aplausos a la forma en que nos dirigimos juntos hacia ahí, aplausos de no poder aguantarse que termine de decirlo para festejarlo. 

Y la sensación de que esté todo bien o esté todo mal, siempre se puede estar contentos.

Gelajauziak - Sorbatza.

Ver teatro danza en general implica para algunos un poco más de teatro, pero había algo sorprendente en esta obra perdida. Y digo perdida porque ruidosa, porque sin un objetivo que pudiera definir. Y digo ruidosa por una cuestión de volumen y una música de pedazos electroacústicos, difícil de aceptar pasivamente (tuve que taparme los oídos para sobrevivir).

Magníficos bailarines, algunos más relajados que otros, se movían por el escenario como atrapados por la coreografía. La sensación de encierro me resultó importante. Y fue genial verlo ahí. Esto me gustaría repetir muchas veces: Lo que no nos gusta de una obra puede ser precisamente lo que la haga genial. La posibilidad del teatro de molestarnos, de mostrarnos algo que nos molesta incluso de sí mismo, de abrirnos el paso a la oportunidad de hacerlo de otra forma, de mirarlo desde otro punto de vista.

Porque el teatro es una visión microscópica de nuestras conductas humanas. ¿Qué nos incomoda? ¿Qué nos hace sentir mejor? ¿Qué otro sentido hay que sentir?

Entonces aparecemos ahí, frente a estos muchachos donde uno le quiere sacar la campera a los otros y los otros se la vuelven a poner, cada vez más violentamente, siempre muy cuidado, muy prolijo. Donde la incomodidad se acepta, como la incomodidad de seguir viendo una obra que resulta incómoda, que nos envuelve de ruido, se acepta y uno se queda repitiendo una y otra vez los mismos movimientos calculados. Y algo que resuena con Pina Bausch.

De pronto hay un corte y allí vamos todos a los celulares al diálogo, a repetir nuestra propia coreografía de lo cotidiano. Pero las luces se apagan nuevamente y esta vez vuelven mucho más femeninos y son 5, no 4 como antes, y uno tiene pollera. Y forman una ronda y las flautas de aquella provincia caprichosa de España donde se habla el euskera y se cuida la tradición. Y se descubre la paz cuidada y ancestral de la ronda. Y el alivio todo lo invade. En este momento parece que no estuviéramos tan perdidos. Que no estuviéramos tan solos.

Y entonces de a poco todo empieza a romperse de nuevo. Y se integra lo que rompe con lo que recuerda, lentamente, hasta el fin de la obra.

Y uno se va con sentimientos encontrados y la sensación de lo lindo que es ver a cinco tipos bailando y el recuerdo de un botón que se desprendió de una camisa y en sus volteretas hacia el centro de la espiral donde habría de caer se llevó el protagonismo de la obra. Muy buenos bailarines, muy buenos gimnastas.
Uno con pollerita.

Othelo.

Hablan demasiado de esto, ya antes. Pareciera ser una obra que se recomienda sola. Uno escucha expresiones como “El plato fuerte del festival” y no sé qué más. O se confunde con otra, pero le da lo mismo.

Gente de Buenos Aires que habla fuerte y claro. Modulan y proyectan (¡Ay! ¡Cómo cuesta al principio adaptarse a esa forma de hablarle al infinito!) todo perfecto. Los atuendos adelantan el espíritu paródico de absoluto respeto. Absoluto respeto a la obra de Guillermo Sacudelanzas y a la lectura propia de esa obra. 
Absoluto respeto a los diálogos internos que genera, a los círculos expansivos que la piedra de Willy dibuja en el lago mental de un grupo de porteños absurdos y delirantes.

¿Qué decir de Othelo? ¿De la genialidad con que se usan los espacios, con que se transforma la escenografía, con que se flexibilizan los cuerpos y las voces de cuatro actores (sobre todo de uno, seamos francos, que por algo funcionan los chistes con eso)?

En Othelo todo, absolutamente todo se usa. Lo que no sirve para nada, lo impensado, lo pensado, lo imprescindible. Con todo se teje una red que crece a un ritmo desmesurado a lo largo de dos horas en que los cuerpos escénicos se desintoxican o se deshidratan. Todo ocurre con un humor inevitable, un humor del que no podemos escapar porque siempre encuentra la forma de tocarnos, el recurso preciso, la irreverencia exacta, la forma de refregarte las bolas por la cara.

Destrucción y disfrute, un espíritu dionisíaco absolutamente liberado entre los textos apolíneos del inglés y los movimientos cuidadosos y el tiempo contado.

Y la declaración de que “esto no es clown” como quien sostiene la pipa y negándola. O el dibujo de la pipa, o la idea de la pipa, o del clown.

Y no voy a decir más.

Gracias. Gracias por tanto.

Y ahora, a las órdenes: Si leés esto andá a ver teatro.

Si leés esto andá a abrir tu corazón ante un escenario.

Puede que te den ganas, un poquito más de ganas de actuar intensamente en el escenario de tu propia vida. 

De lo que vos quieras hacer.